¡Arre, compadres y comadres! Atención aquí, que voy a descorchar una historia que les endulzará el alma, sobre el legendario “Vino Cascas Dulce”.
Ahora sí, agarra tu poncho porque este vino te va a llevar en un viaje. Imagínate ahí, en las alturas de Cascas, donde el aire es tan puro que te emborracha solo de respirar. De esas tierras mágicas viene el “Vino Cascas Dulce”, hecho con las uvas Alfonso Lavallée, que son más dulces que el primer amor.
Al verlo, te encuentras con ese color rojo granate, tan profundo y misterioso como los ojos de una llama al atardecer. Y esos tonos cereza, ¡ay, caramba! Son como un atardecer en el valle sagrado, prometiendo una noche llena de estrellas y confidencias.
Pero esperate, que lo bueno viene al olerlo. Ese aroma intenso y afrutado es como abrir un cofre lleno de frutos rojos y especias, cada uno contando su propia historia, desde aventuras en la selva hasta secretos de antiguos templos. Es un perfume que te envuelve, susurrando historias de pasión y tierras lejanas.
Y al probarlo, mi amigo, es como un abrazo de tu abuelita, suave y reconfortante, pero con ese toque de picardía de los viejos tiempos. En boca, es equilibrado, como el paso de un buen caballo; te lleva suavemente pero con firmeza, dejando una huella en tu paladar tan larga y persistente como las leyendas de nuestros antepasados.
El “Vino Cascas Dulce” no es solo un vino, es una celebración de la vida, un homenaje a esas noches alrededor del fuego, compartiendo historias y risas. Así que, la próxima vez que sientas el llamado de las montañas o la nostalgia de los valles, ya sabes qué abrir para traer un pedacito de Perú a tu mesa.
¡Salud, por las tierras de Cascas y por las historias que aún están por contar! Y recuerda, este vino no solo se bebe; se vive, se siente y se comparte, como el mejor de los secretos.